La estupidez y la guerra
Decía Ortega en La Rebelión de las Masas que era francamente sorprendente que no hubiera ningún texto dedicado a la estupidez humana. Y es cierto, la estupidez, esa carencia, es siempre vista como un defecto, como una mancha, como una ausencia ante la cual la tarea de construir el camino de la inteligencia no tiene mayor misterio. Y al igual que entendemos que es tan fácil saber que 2+2 son 4 como que lo entienda un niño que aún no lo sabe, también pensamos que es sencillo que un concepto fácil sea entendido por alguien que no lo entiende. Sin embargo, tristeza, constantemente nos enfrentamos al muro de la realidad, que nos recuerda que la enseñanza, la de niños y la de no tan niños, no es tan sencilla como parece, más allá de la sencillez de ciertos conceptos. Y que a veces, ni el mismísimo Sócrates en persona conseguiría que ciertos desgraciados entendieran la diferencia entre lo que es el caso y lo que es posible, la necesidad del principio de no contradicción (al menos, parece, en juicios éticos), o la ambigüedad de ciertas palabras a nivel semántico.
Esa incapacidad casi sustancial de ciertas personas para comprender las cosas, acompañada por el muy exasperante efecto de Dunning-Kruger, que muestra como las personas menos competentes suelen sobreestimar profundamente su competencia en una cosa, es algo que, sin duda, nos enfrenta a dilemas complicados. ¿Podemos pensar que la idiotez es algo tan sustancial como para anular el derecho a escuchar y a hablar del otro? ¿No tiene sentido también la voz irreductible del otro? ¿Y si es un constante "y venga lo mismo, y venga lo mismo" no anula la capacidad de pensar de uno, y necesitas alejarte? Sí, la estupidez es terrible. Y un modelo de paideia que la favorece, por su interés político de pensamiento desestructurado, es aún más preocupante. Pero, ante todo, su mera existencia es un fracaso de todo diálogo, un fracaso de lo comunitario de la conversación, y una necesidad de exclusión del otro para no encadenarnos en dinámicas sin sentido. El elitismo surge de cada conversación fracasada, y con el elitismo nace la guerra. Confiemos en que algún día en que las guerras puedan pacificarse más facilmente.
Comentarios
Publicar un comentario