En defensa de la filosofía
Hay pocas cosas que nos gusten más a aquellos que nos
solemos dedicar a eso de la filosofía que escribir. No porque nos sea
placentero, ciertamente, y quizá tiene mucho que ver con cierta selección ambiental:
solo aquellos que escriben tienen alguna posibilidad de mantenerse vivos en el
ámbito académico y laboral de la filosofía especializada. Sin embargo, hay otra
razón bastante oscura que trasciende a ese tipo de motivaciones: en el fondo,
cuando escribimos, somos un poco monarcas absolutos de la mirada del otro. ¿Qué
culmen más brillante del pensamiento filosófico que el silencio de los otros
mientras la voz monológica del que escribe se convierte en el centro de la
experiencia? ¿Qué mayor valor hay para unas palabras que convertirse en el
discurso elegido ante el silencio atento del lector?
Cuando la nueva Ley de Educación ha provocado una nueva ola
de apoyo por parte de los defensores de la filosofía a la reivindicación de un
ciclo completo de pensamiento filosófico entre 4º de la ESO y el Bachillerato, otra
multitud de escritos ha vuelto llenar las páginas web de divulgación de
filosofía/autoedición de artículos de distintos discursos donde se defienden o
una serie de argumentos para defender la filosofía o una serie de censuras
sobre lo impropio de dichos argumentos y, por lo tanto, la defensa de los
propios. No sé si es necesario que lo diga, pero, la verdad, al monarca
absoluto de este texto le genera, llámenme poco exigente, más simpatía los
primeros que los segundos. Y no especialmente porque crea que sean de gran
calidad los argumentos usados: defender la filosofía, al igual que definir de qué
hablamos cuando hablamos de filosofía, o en qué sentido eso que se da en las
escuelas puede estar ligado al ideal de filosofía, es profundamente complicado
y llevará, probablemente, a lugares comunes insatisfactorios. Sin embargo, esa
necesidad de censurar da una sensación de suficiencia que, frente al temblor de
aquel que cree que es necesario blandir un argumento precario para defender lo
urgente, parece asumir que ya ha solucionado todos los problemas de qué es eso
de la filosofía, por qué merece la pena ser defendida, y por qué está mal esta
ley embrutecedora. Y mira, no sé chico, quizá la humildad del precario es más digna
que la de aquel monarca absoluto que se cree con capacidad de dictar las tablas
de la ley por su voz tocada por los dioses heideggerianos.
Es curioso, primero, notar que gran parte de la firmeza de
los segundos es una firmeza negativa. La filosofía no es necesariamente pensamiento
crítico, la filosofía no es necesariamente democrática, la filosofía no… Y si
se dice algo positivo es algo suficientemente amplio para no pillarse los
dedos: el carácter “performativo” de la filosofía (sic) es donde encuentra, no
su justificación, sino su “mostrarse” (cambien filosofía por violación, por
favor, y verán un maravilloso argumento para defender literalmente toda
actividad), que hablar de utilidad de la filosofía nos separa de su grandeza:
su inutilidad (pues como sea inútil menuda mierda dedicar mi vida a esto, ¿no?),
que toda revolución es filosofía al partir de las grandes preguntas (Similar
al primero. Quizá, en un campo de concentración, el cagarse encima cuando no
puedes aguantarte más y sabes que supondrá que te maten también es filosofía
al ser una performance que implica un cuestionamiento del marco normativo de no
cagarte y una determinada respuesta a la gran pregunta ¿qué debemos hacer?,
pero será desdibujarla eso de asociar filosofía a toda actividad que rompa los
marcos dominantes).
Y no digo que en estos argumentos no se encuentra, sin duda,
la semilla de una defensa sincera de nuestra forma de vida. Sí, la revolución
para mí también es filosofía. Y también es inútil, en el sentido de que
impugna la lógica instrumental (siendo a la vez útil e inútil, en un misterio
que no logramos comprender). Y, ante todo, su carácter performativo tiene
vitalmente un sentido que construye nuestro horizonte y tiene el olor de cosas
que ni podemos explicar. Pero en sus positividades negadoras de los argumentos
precarios se encuentra una precariedad impropia de su soberbia: esconden una
justificación inacabada del por qué hacer filosofía, y, en parte, inflacionan
tanto su concepto que pierde su sentido.
La revolución de una masa que es incapaz de soportar el hambre
y con ello camina hacia la muerte segura enfrentándose a la policía armada, la dependencia
de los marcos normativos antiguos y las estructuras de pensamiento dominantes
para pensar las estructuras políticas del porvenir, el sentir que impugna la
lógica instrumental, o la grandeza existencial de toda performatividad que se
sigue convencida no es algo que caracterice solo a la filosofía, ni implica la
presencia de filosofía allí. Y es que ¿qué es la no-filosofía? ¿Es algo que
puede ser incluido en la filosofía? ¿O acaso aquel que rechaza la filosofía, el
leer filosofía, el pensar sobre las cuestiones fundamentales más allá de ningún
conocimiento de los escritos filosóficos, la estructuración más mínima del
pensamiento, está haciendo también filosofía en su rechazo y, lo peor,
filosofía es todo aquello que se perfunde en toda actividad que implica un determinado
esquema normativo propio? Podríamos pensarlo, pero entonces filosofía sería todo
lo que surja de todo instinto impulsor de una acción y una normatividad intrínseca
a ella, sea pensada o no pensada. El instinto bien real de una madre que
comienza una revuelta porque necesita morder algo para comer es filosofía.
Toda performatividad que, literalmente, en su mostrarse se sostenga es
filosofía. ¿Tiene sentido una filosofía así?
No lo sé, pero yo creo que no. Fundamentalmente porque la
filosofía no es el ser de la humanidad. Es una forma concreta de ser persona. Y
en esta definición ha ido incluyendo cosas, hoy los sofistas de Platón serían
filósofos. Pero cuando hablamos de filosofía en nuestras conversaciones es algo
definido que excluye a formas de darse de lo que los filósofos llamamos
subjetividad humana. No es la libertad, si es que ese concepto de los filósofos
existe, sino una forma de darse de la libertad que no creo que sea equiparable
al instinto que hace prender la mecha de la revolución o al sentido común que
construye las instituciones post-revolucionarias. Nace de instinto, pero no es
todo instinto. Pero aquí, en mi indigencia especulativa, no puedo desarrollarlo
más. Fundamentalmente porque me gustaría defender que filosofía es una
estructuración de pensamiento mediado fundamental para salirse de la inmediatez
de lo llamado sensible y su carácter opresivo. Pero hay algo más bonito que creo
que merece la pena defender, y de lo que estoy mucho más seguro: la filosofía
en la que creo no es desprecio pedante, ni escritos brillantes que callen y
silencien a los demás. La filosofía en la que creo nace de una conversación de
una cafetería, de una insuficiencia de nuestras palabras, de la mirada irreducible
del otro. Nace de una conversación en la que, obligados a la estructuración, se
juega la batalla de la filosofía y la no-filosofía. De un diálogo que no se
corona en un texto-monólogo. Porque hay algo más importante que la filosofía:
esa vida que nos empuja y que nos hace encontrarnos. Es un tipo de respuesta a
una pregunta que late, que es anterior a ella y que puede negarla. Quizá aquel
que respeta a esto puede hacer mejores monólogos, porque no terminan en un
silencio atroz, sino que siguen empujando a pensar e, incluso, a no pensar, e
incluyen la negación a la que temen.
Y he aquí donde falla, no esta ley, sino peor, nuestra
sociedad. En esta sociedad de individuos solos, cada vez más monólogos se
yerguen y menos conversaciones. Y dentro de los monólogos, cada vez más
silencios de desgraciados que quieren su momento de monólogo. Callarse y hablar
solo, hablar solo y callar, qué destino más horrible. Una dinámica de
dominación que anula la subjetividad libre del otro y los espacios
comunitarios, construyendo al alumno como un producto de un proyecto
legislativo, y el alumno pensándose como un monológico dominador que hará sus
proyectos legislativos en sus casas, en sus tierras, en sus futuros, en su
vida. Construyendo filósofos animados por las grandes preguntas que harán monólogos
que respondan todas las respuestas, y anulando toda alteridad que les niegue o
no les sirva para afirmarse, chupándose todos organizadamente las pollas. Y,
por tanto, donde no hay espacios para cosas que no sean útiles para su proyecto
normativo. Es falso decir que no habrá filosofía en la ESO: sí la habrá. En
Educación para la Ciudadanía de 3º. Y además se recuperan filosofía de 1º de Bach
e historia de la filosofía de 2º. Educación para la ciudadanía rompe algo
nuestros intereses por dos razones: está subvertida al proyecto de formar
buenos ciudadanos y puede ser impartida por profesores de sociales. Pero la
filosofía no se ha muerto en la nueva LOE. Solo se asume que es un conocimiento
destinado a ciertos objetivos políticos y democráticos, además de a ciertas
preguntas raras. No se la tiene miedo ni mucho menos. Simplemente no sirve para
nada dentro de las mentes de los legisladores. Para absolutamente nada. Es
irrelevante. No es cobardía, solo es administración. La administración que se extiende
cada vez con mayor eficiencia en un sistema de poder político que no consiguió construir
una comunidad igualitaria y con un poder distribuido a la par que generaba
nuevas condiciones de vida. No durará, no porque el orden esté construido sobre
arena humana inestable, como diría Luxemburgo, sino porque sus cimientos son caducos.
Se terminarán las fuentes de energía, se morirá el combustible. Y con él las
fuerzas administradoras del presente. Pero mientras tanto, el impulso del
hombre cada vez importa menos. Y con él los administradores ya no tienen que
preocuparse por él. Porque ya no se necesitan espacios vacíos para pensar lo por
pensar. Ahora el objetivo está claro para los monologuistas, y todos nosotros
monológicos debemos tomar el camino de la guerra para alzar nuestras palabras
sobre las cabezas del resto ante su silencio atroz. Pero para defender la
filosofía en las escuelas hace falta una de estas opciones: o querer una audiencia
y una monología que nos guste, o defender una comunidad que construya un
pensamiento que no es el nuestro. Defender una preocupación por el impulso del
otro que un día fue el nuestro y que nos llevó por estos caminos. Y una
indeterminación que puede salir por cualquier lado, incluso por el de la
no-filosofía. Ese vacío no es la filosofía, pero sí es otra cosa: la sociedad.
Y solo en ese vacío tiene sentido una filosofía de todos, en el respeto al otro
que no queremos alienar, incluso aunque el otro impugne y abandone la
filosofía. Pero cómo vamos a respetar al otro, como vamos a hablar, como vamos
a querer una filosofía en la comunidad, es decir, en la escuela, si
despreciamos, atacamos y vomitamos sobre los intentos honestos del otro, de
pobre gente que intenta defender la filosofía con las escasas armas de un
pensamiento que cada vez es más difícil de estructurar en un mundo alienante, que
nos roba las horas de tiempo para pensar, y que controla por ingeniería social
nuestros impulsos para solventarlos mientras nos torturan.
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